A mediados de los años ochenta, a la provincia peruana de Ayacucho no llegaban botellas de Coca-Cola ni de Pepsi. La violencia terrorista que asolaba el sur del país había interrumpido las cadenas de distribución y convertido el abastecimiento en un desafío cotidiano. Fue entonces cuando una familia decidió hacer algo al respecto. Los esposos Añaños Jeri y sus seis hijos, con escaso capital pero un extraordinario exceso de ingenio, fundaron en 1988 una pequeña empresa con un nombre tan ambicioso como su visión: AJE Group.
Uno de los hermanos, ingeniero químico, comenzó a recrear la fórmula de una bebida gaseosa en el patio de su casa. Los demás recorrían los pueblos recogiendo botellas de distintas marcas para reutilizarlas como envases. Lo que nació como una solución improvisada en una de las regiones más pobres y golpeadas del Perú terminó convirtiéndose, casi cuatro décadas después, en la cuarta mayor compañía de bebidas no alcohólicas de América Latina, con presencia en cuatro continentes.
A miles de kilómetros de allí, en la costa oeste de Estados Unidos, otro peruano terminaba un MBA en la Stanford Graduate School of Business. Pese a recibir numerosas ofertas para permanecer en Silicon Valley, decidió regresar a Lima para trabajar en McKinsey & Company. Aquella decisión cambiaría la forma en que millones de personas se relacionan con el sistema financiero.
Tras su paso por Stanford —probablemente la mayor incubadora de innovación del mundo— comprendió que la creciente penetración de la telefonía móvil podía convertirse en la puerta de entrada a la banca formal para millones de ciudadanos. De esa intuición nació Yape. Una década después, la plataforma cuenta con cerca de diecisiete millones de usuarios activos mensuales, equivalente a alrededor del 82 % de la población económicamente activa del Perú. Uno de cada tres solicitantes de crédito inicia allí su relación con el sistema financiero formal y, desde 2022, más de 1,3 millones de personas han accedido por primera vez a un crédito gracias a esta plataforma.
A primera vista, ambas historias parecen muy distintas. Sin embargo, comparten un mismo denominador común: son el resultado de un ecosistema que permitió que una buena idea encontrara espacio para crecer. En un momento en el que América Latina —y buena parte de Europa— vuelve a debatir las virtudes y los límites del libre mercado, conviene recordar que el capitalismo se expresa precisamente en historias como estas.
Porque el capitalismo es, en buena medida, el triunfo del ingenio sobre el status quo. Es la posibilidad de que una familia de Ayacucho desafíe a dos gigantes globales de las bebidas o de que un joven formado en Palo Alto regrese a su país para transformar la inclusión financiera de millones de personas. Su mayor virtud no reside únicamente en las grandes multinacionales que produce, sino en los miles de pequeños emprendedores que cada día deciden abrir un restaurante, lanzar una marca de ropa o desarrollar una nueva aplicación convencidos de que pueden ofrecer un producto mejor.
Las economías abiertas, la competencia y un entorno regulatorio razonable favorecen precisamente esa capacidad de innovar. Son el terreno donde florecen los animal spirits descritos por Keynes: ese impulso emprendedor que lleva a asumir riesgos, crear riqueza y generar oportunidades allí donde antes solo existían limitaciones. Desde luego, el mercado no resuelve todos los problemas ni garantiza el éxito de cada iniciativa. Pero sí crea las condiciones para que el talento, el esfuerzo y la creatividad tengan mayores posibilidades de prosperar.
Quienes critican el liberalismo suelen advertir —con razón en muchos casos— sobre las desigualdades o los fallos que pueden surgir en una economía de mercado. Sin embargo, esas críticas no deberían llevarnos a ignorar su extraordinaria capacidad para democratizar las oportunidades. El libre mercado sigue siendo el mecanismo más eficaz que hemos conocido para permitir que una buena idea, independientemente de dónde nazca, pueda competir con actores mucho más grandes y consolidados.
El libre mercado no solo favorece la competencia; también amplía el horizonte de lo que una sociedad considera posible. Le recuerda a un campesino de Ayacucho que incluso en una industria tan concentrada como la de las bebidas gaseosas todavía existe espacio para la innovación. Del mismo modo, Yape demuestra que millones de personas, pese a vivir durante años al margen del sistema financiero, reclamaban acceso a herramientas básicas de ahorro, pago y crédito. No era una demanda inexistente; era una necesidad desatendida.
Esa es una de las mayores fortalezas del capitalismo: identificar problemas que aún no tienen solución y convertirlos en oportunidades para crear valor. Detrás de cada empresa exitosa hubo antes alguien convencido de que podía hacer las cosas mejor que el resto. AJE desafió un mercado dominado por gigantes internacionales; Yape hizo lo propio en un sector tradicionalmente reservado para la banca convencional. Ambas historias recuerdan que la innovación no depende del tamaño de quien comienza, sino de la capacidad para resolver necesidades reales de la sociedad.
A los diecisiete años me mudé a Estados Unidos para comenzar mis estudios universitarios. Entre las muchas cosas que me llamaron la atención hubo una que nunca he olvidado: la profunda convicción de mis compañeros de que, si trabajaban duro, podrían salir adelante. Más que optimismo, era una confianza casi cultural en que el esfuerzo individual encontraba recompensa.
Viniendo del Perú, donde las oportunidades no siempre parecen distribuirse de acuerdo con el mérito, aquella experiencia dejó una huella profunda en mí. Comprendí que la prosperidad de una nación no depende únicamente de sus recursos naturales o de sus indicadores macroeconómicos, sino también de la confianza que sus ciudadanos depositan en el futuro. Cuando una sociedad cree que vale la pena emprender, invertir y asumir riesgos, libera una enorme energía creadora.
Lamentablemente, esa confianza se ha debilitado en buena parte de América Latina. Muchos jóvenes sienten hoy que, por mucho que se esfuercen, las oportunidades seguirán estando reservadas para unos pocos. Frente a ese pesimismo, historias como las de AJE o Yape constituyen algo más que casos empresariales de éxito: son la prueba de que la inversión privada, el ingenio y una cultura que recompensa el esfuerzo siguen siendo herramientas capaces de transformar vidas.
Sin embargo, sería un error convertir estas historias en una defensa acrítica del capitalismo. Precisamente quienes creemos que la empresa privada debe ser el principal motor del crecimiento económico tenemos también la responsabilidad de reconocer sus asignaturas pendientes.
Los beneficios del crecimiento no siempre han llegado con la misma intensidad a todos los territorios ni a todos los ciudadanos. Las recientes elecciones en distintos países de América Latina, especialmente en Perú y Colombia, han puesto de manifiesto una realidad incómoda: una parte significativa de la población no percibe que la libertad económica haya mejorado de manera tangible sus condiciones de vida.
Sería un grave error concluir que quienes respaldan propuestas estatistas lo hacen por ignorancia o irracionalidad. Con frecuencia votan movidos por la desesperanza. Quien vive aislado, sin carreteras, sin seguridad, sin acceso al crédito, con servicios públicos deficientes y sin oportunidades de progreso difícilmente se siente interpelado por los buenos datos macroeconómicos. Las cifras de crecimiento importan, pero dejan de ser convincentes cuando no consiguen traducirse en oportunidades concretas.
Esta desconexión explica, en parte, por qué millones de latinoamericanos siguen viendo con simpatía proyectos políticos inspirados en modelos que han fracasado allí donde se aplican. El caso venezolano constituye el ejemplo más dramático. Resulta paradójico que el éxodo de millones de venezolanos no haya bastado para disipar el atractivo que todavía ejercen determinadas promesas populistas. Pero esa paradoja solo puede entenderse desde la frustración de quienes sienten que el sistema actual tampoco ha respondido a sus expectativas.
Esa es, probablemente, la principal deuda del capitalismo latinoamericano: no haber conseguido que los beneficios de la libertad económica se perciban con igual intensidad en las grandes ciudades y en las zonas rurales, entre quienes ya participan del mercado y quienes todavía permanecen al margen de él.
Si América Latina no quiere volver a caminar permanentemente al borde de la incertidumbre política, quienes defienden la libertad económica deben asumir una responsabilidad que va mucho más allá de ganar elecciones. La verdadera tarea consiste en demostrar que el crecimiento económico puede traducirse en prosperidad compartida.
Eso exige abandonar la falsa dicotomía entre mercado y Estado. Un Estado pequeño no es necesariamente un buen Estado, del mismo modo que un Estado grande tampoco garantiza mejores resultados. Lo que la región necesita son instituciones eficaces: un Estado capaz de garantizar seguridad jurídica, proteger la propiedad privada, invertir con eficiencia en educación, salud e infraestructura, y crear las condiciones para que el sector privado pueda desarrollar todo su potencial.
Creer en el libre mercado no significa renunciar a la solidaridad. Al contrario, significa exigir que cada recurso público sea administrado con responsabilidad, transparencia y eficacia. La verdadera discusión no debería centrarse únicamente en cuánto recauda el Estado, sino en cómo utiliza unos recursos que, por definición, siempre serán escasos. Cada hospital que no se construye por corrupción, cada carretera que queda inconclusa por mala gestión o cada escuela que no ofrece oportunidades reales representa una derrota tanto para el mercado como para el propio Estado.
Los gobiernos que abrazan la economía de mercado tienen, además, una obligación política que con demasiada frecuencia se olvida: llevar las oportunidades precisamente allí donde nunca han llegado. Las zonas rurales, las comunidades más apartadas y los ciudadanos que sienten que el progreso siempre pasa de largo no necesitan discursos ideológicos; necesitan inversión, conectividad, crédito, infraestructura y la posibilidad real de incorporarse a una economía dinámica. Si la libertad no mejora también sus vidas, otros ofrecerán respuestas más simples, aunque sean profundamente equivocadas.
Las recientes elecciones en distintos países latinoamericanos deberían interpretarse como una advertencia y no como una victoria definitiva para ninguna corriente política. Quienes creen en la libertad económica han recibido un mandato condicionado, no un cheque en blanco. La ciudadanía exige resultados, no dogmas; oportunidades, no consignas.
Porque el capitalismo no puede limitarse a producir buenos indicadores macroeconómicos. Su legitimidad depende de que esos indicadores se traduzcan en empleos, empresas, movilidad social y esperanza. Las cifras importan, pero solo adquieren verdadero sentido cuando mejoran la vida de las personas.
Quizá por eso el mayor desafío para quienes defendemos la economía de mercado no sea demostrar que el capitalismo genera riqueza —la evidencia histórica resulta difícil de cuestionar—, sino conseguir que esa riqueza amplíe las oportunidades de quienes hoy siguen sintiéndose excluidos del progreso.
Solo entonces veremos surgir más historias como la de aquella familia de Ayacucho que desafió a dos gigantes de la industria mundial de bebidas. Solo entonces aparecerán más emprendedores que, como los creadores de Yape, identifiquen un problema cotidiano y encuentren en la innovación una solución capaz de transformar la vida de millones de personas.
Ese es, en el fondo, el verdadero puente entre Ayacucho y Palo Alto. No une únicamente dos lugares separados por miles de kilómetros; une dos formas de entender el desarrollo. Una nos recuerda que el talento puede surgir en cualquier rincón del continente. La otra demuestra que, cuando existen instituciones, libertad económica y una cultura que premia el mérito, ese talento puede convertirse en prosperidad.
El consultor peruano Rolando Arellano resume esta idea con una imagen tan sencilla como elocuente:
«Si uno tiene un pie en un balde de agua hirviendo y el otro en un balde de agua helada, el promedio térmico puede parecer confortable sobre el papel; en la realidad, uno termina quemado y con neumonía».
Las estadísticas agregadas nunca sustituyen la experiencia de las personas. El verdadero éxito de una economía no se mide únicamente por cuánto crece, sino por cuántos ciudadanos sienten que ese crecimiento también les pertenece. En última instancia, la defensa del capitalismo no debería consistir únicamente en ganar la batalla de las ideas, sino en ganar la batalla de los resultados. Cuando la libertad económica consigue abrir oportunidades reales para todos, deja de ser una teoría para convertirse en una experiencia cotidiana. Y cuando eso ocurre, ya no hace falta convencer a la sociedad de sus virtudes: son los propios ciudadanos quienes las defienden.
Publicado en Historia, pensamiento político y filosofía
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